martes, 14 de abril de 2009

Amstetten. La hija del monstruo

Fui devorada por el nido, aberración
del insecto reproduciéndose en su estado larvario.
Tarde la posibilidad de la muerte nos abrió la puerta
a una realidad ya para siempre sepultada.
Ya siempre dentro el muro,
ya siempre nunca dolor, viento, risa.

Ya siempre atrofia emocional, ya siempre
daltónicos los músculos. Ausencia.

La fisura fue la enfermedad
en la superficie del jardín,
fui, enmudecida de cemento,
oruga pariendo bajo el césped.

Escuché las raíces de los árboles al clavarse en la tierra.

Lombrices buceaban sobre nuestra tumba,
éramos, sin branquias, los habitantes de un acuario.
El oxígeno recorría exhausto los pulmones de mi prole hasta su extinción
en mis bronquios.

Incluso bajo el sol
ya nunca la luz,
siempre el aire negado,
siempre el mundo
y nunca más allá de la crisálida.

Éramos sin sombra, existiendo apenas,
simplemente estábamos
en el reino subterráneo de mi dueño.

Cuatro vidas, una sola correa.

Este cuerpo mil veces violado ya no me pertenece,
anclado a la vida
como a la tierra el árbol.
Dar a luz en oscuridad y silencio sin morder
la mano que me encierra
y que me engendra.

Y sí, tal vez estoy muerta.
Sí, tal vez
estoy.

Del libro Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida (Amargord 2010)