miércoles, 29 de abril de 2009

Naranjas podridas

Príncipes ultramar algunas veces
oscurecidos de rencor, otras tan sólo
celestes de cansancio.
Cuando entra en escena el sapo
encantado ya estás muerta, ya no estás encantada
de conocerlo. Te resignas
a otra vez ignorar
la regia besabilidad del anfibio
hasta más allá del desenlace (cuando probablemente
lo hayas perdido).

Actos tantas veces representados
distintos actores, variados escenarios
idénticas funciones con su surtido de finales
tras los que nada
permanece.
Tanto repetir el mismo guión
relucientes diálogos culminan
en apolillados monólogos declamados a voces.
La cama sin hacer (sin deshacer), los calzoncillos
bostezan en el suelo junto a ese tanga
color ala de mosca
que era negro.

2 comentarios:

David dijo...

Me gusta!
El comienzo me ha traido un regusto "pizarnikiense" que me ha encantado.

Un saludo

Rebeca dijo...

Así que pizarnikiense... no se me había ocurrido.