martes, 23 de febrero de 2010

Freudiana princesita (para Raquel Torino)

El dragón del príncipe acechaba
en todos sus actos, sus discursos
rebosaron espinas. Escupía fuego
y amargura por la boca;
frente a la princesa, costras y arañazos,
pira embadurnada
de un líquido blancuzco.

Unidos por el foso
que los separaba,
no era un príncipe
el caballero,
era casi un mendigo ––dicen que,
en lugar de un palacio, habitó
una pocilga––. Nada era
dorado en él,
todo fue lúgubre y perfecto
sustituto del monarca asesinado ––en
escabrosas circunstancias nunca esclarecidas––
cuando la princesa, renacuajo aún,
nadaba cerca ––demasiado cerca––
de la escena del crimen.

Con ese extraño ––remotamente parecido
al retrato que presidía
la alcoba real–– se revolcó la princesa
––al fin poseedora de separables ancas,
digna heredera
de la húmeda piel del difunto–– por la zona
más pestilente de la ciénaga, por el verdín
estancado del foso, por el limo
de las cloacas;
por las desembocaduras de las alcantarillas en las playas de la infancia.

Besó la boca del zombi con tanta avidez
que le arrancó los labios,
bebió todo el viscoso veneno
del batracio encantado,
se tragó todo el semen
del príncipe añil. Quedó
seco el amor tiranicida.
Seguir buscando al déspota
sepultado, destronar
a todos los amantes, negarles sus favores.
Estúpidamente victoriosa princesa, triunfo
tan pequeño que es,
más bien, una derrota.
Fisura por la que conviven
los vivos con los muertos. Facciones
que confunden
dos tiempos verbales. Esclavitud
de la renuncia al final feliz
––entronando anfibios, mastica
lenguas atiborradas de insectos y ponzoña.

Hacer girar la rueda;
el trono, la charca,
el príncipe, el mendigo,
la fortaleza, los cartones.
La soledad no tiene antónimo
y su repetición
es el triunfo del sapo sobre el hombre.

En la celda se clavan
más hondo las espinas,
gusanos devoran cadáveres; alaridos
al arañar su piel hasta arrancarla
y quedarse
con ella entre las manos.
Estrujó los músculos,
royendo las vértebras
hasta lamer los tuétanos. ¿Por qué
restregarse contra la podredumbre?
¿por qué
esa incestuosa necrofilia
que convirtió en condena la venganza?

Del libro Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida

2 comentarios:

umbigo dijo...

este poema devuelve a la palabra poema la dimension de arte

y tu amiga raquel estara por cierto muy orgullosa y honrada..


:)
miau

Rebeca dijo...

gracias, umbigo, por tu gatuna opinión
guau!