domingo, 10 de octubre de 2010

Fragmento del making of de "Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida"

Mi abuela hace unas filloas cojonudas (de las de matanza hechas con sangre no, de las otras). En familia las llamamos marruchos y luego vete y pregúntale, mientras te chupas los dedos, que cómo los ha hecho. Te dirá que con un poco de esto, un chorro de aquello y una pizca de lo que sea. Y, cuando trates de concretar cantidades y tiempos de cocción, acabará zanjando el tema con un “ay, pues no sé, hasta que veas que ya está”. Y luego a ver quién demonios envía la receta por mail.
Con la poesía (como con todo) pasa algo parecido, luego vete y explica cómo has llegado a ese punto y no a cualquier otro. Si trato de diseccionar este libro, en busca del contexto y los componentes, las cantidades van a ser muy similares a las de la receta de mi abuela. Y desde luego los tiempos de cocción serán medidos en ratos, momentos y temporadas. Pero tampoco voy a destripar los ingredientes de cada poema, a ver si va a pasar como con esos guiris, que rebañan el plato de morcilla hasta que
se les ocurre preguntar de qué está hecha.
(...)
Así que, resumiendo, este libro está hecho con los restos de una novela y con una noticia de telediario; con una ración de duelo, una pizca de resaca y dos de azar. Todo ello sazonado con conversaciones, alcohólicas y psicoanalíticas, sobre el incesto, las mujeres fatales y los silencios
enquistados. Cocido a fuego lento con lecturas, vivencias y esfuerzo (propios y ajenos). Como toda esta gran obra colectiva que es la poesía, está hecho con dolor. Y con gusto.
Y poco más que decir, hay que dejar algo para el lector.

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