martes, 22 de marzo de 2011

Sobre "Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida", por Alberto Infante


Comencé la lectura de este libro por el primer poema titulado Cuervo y me dije: Poe.
Releí el célebre poema de Poe buscando algún eco. Luego me fijé mejor en el poema de Rebeca y reparé en el último verso: "De momento el cuervo no es más que un pájaro".
¿De momento? me dije. ¿Qué más que pájaro es el cuervo de Poe?
Entonce me fui al final, a la última estrofa del último poema de este libro de Rebeca: "Si fuésemos sombras. Si solo almas. Si Platón". Esto, me dije, lo hubiera firmado Poe. Y Kafka, su gran admirador. Y Marcel Schob. Y Borges.
En esa clave seguí leyendo A lo largo del día y La casa tuerta y El acto de escuchar. A continuación me quedé parado en Suponiendo la ausencia al que da entrada un verso de Gamoneda y que termina con una estrofa definitoria:
"Bocas diminutas muerden gangrenando el adiós, 
impidiendo al tiempo su función analgésica.
Suponiendo la existencia del tiempo para lamer las llagas.

Suponiendo la cicatriz como posibilidad de la herida.
Y suponiendo que la ausencia coagule rodeada de insectos."

Hay versos que valen por todo un libro. En esta estrofa están cinco de ellos.
En fin que cuando concluí el Aquelarre que sigue y me había confirmado en mis primeras impresiones, me topé con Freudiana princesita y eso me hizo cambiar la clavija.
Los hermanos Grimm, me dije. Pero no cualesquiera hermanos Grimm sino los hermanos Grimm del Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas de Bruno Bettelheim.
Claro que, que yo recuerde, Bettelheim nunca escribió "La soledad no tiene antónimo / y su repetición/ es el triunfo del sapo / sobre el hombre". Para escribir eso no basta con ser lector y psicoanalista y culto. Se requiere ser poeta.
A lo que sigue, cómo no, el incesto. Es decir, Amstetten. La hija del monstruo. A los monstruos les pasa como al Terror, o al Mal: son cotidianos y banales. Compran el pan y el periódico en nuestra misma esquina. Comparten ascensor y escalera con nosotros.
Un poema que arranca de nuevo con precisión de escalofrío: "Fui devorada por el nido".
Y tras el monstruo, la oruga, la crisálida, el insecto. Pues solamente siendo "oruga pariendo bajo el césped" pueden escucharse "las raíces de los árboles al clavarse en la tierra".
Y hay que oírlas para saberse "sin sombra, existiendo apenas" en un "cuerpo mil veces violado" dando "a luz en oscuridad y silencio", dudando sobre si se vive o se muere, sobre si pesadilla o espejo, tal como nos plantea Rebeca.
Es decir, deseando y temiendo librarnos de la prisión y seguir en ella, "encontrar otra mano en la búsqueda del interruptor". Es decir, no sabiendo si queremos encontrarnos, por fin, con el verdadero Otro, el que está ahí afuera y por eso mismo puede ser liberador, y no con el depredador cotidiano, tupido y viscoso, que nos acecha desde su bigotito negro.
Con este poema concluye la primera parte del libro que, no por casualidad, Rebeca ha titulado La noche de perfil y que contiene nueve poemas tan potentes como originales, tan hermosos como terroríficos. Así que ya saben, hagan como yo: léanla justo antes de irse a dormir.
Y si en la noche estábamos que es, por supuesto, la del ciclo cósmico y la del Inconsciente, la de la de la prisión material y la de las cadenas mentales que tiran de nosotros hacia la anulación y la locura, en Antes del aire damos un paso hacia otra cosa.
Un paso difícil, tortuoso, pero paso al fin y al cabo, que nadie nos prometió nada, y mucho menos que el camino a la liberación fuera una excursión campestre. Ni que huir de una opresiva infancia "hacia un mundo en busca de aire", nos garantizara una salida, un futuro.
Algunas poetas – se me ocurren tres: Sylvia Plath, Anne Sexton y Alexandra Pizarnik con cuyas obras comparte este libro, por cierto, más de un referente – no la encontraron. O, al menos, no en el "preciso bisturí de las palabras" como sugiere Rebeca en algún momento.
Llamar a las cosas por su nombre, es decir violación a la violación, incesto al incesto, monstruo al monstruo aunque se tu padre (o precisamente porque lo es) ayuda. Vaya si ayuda. Pero no basta. Luego hay que vivir con la cicatriz. Y la cicatriz, bien lo sabemos, se contrae y se dilata con los cambios de tiempo, duele cuando hace frío y en ocasiones supura.
Como tampoco basta con la fuerza del tema para hacer buena poesía. Se requieren, además, riqueza verbal, sentido del ritmo, imaginación, sentimiento. Y una lenta y paciente orfebrería que permita construir joyas como:
"las almas que han sido torturadas
parten de más lejos,
su verdad
se bifurca en el inicio"

O como:
"Descuartizada nunca vivirás
esa vida sin muletas que aguarda,
tan lejos de ti, plagada de arañazos."

Pues en cada niña violada, en cada mujer agredida, todas las niñas y mujeres del mundo. Y también los hombres, que hemos fabricado al monstruo y deberemos destruirlo. Por todas ellas, claro. Y también por nosotros mismos.
Porque como hemos aprendido, la idea de víctima resulta "inseparable de la idea de culpa" y cuánto más avanzas "más te retiene el ancla del verdugo".
Últimamente estas son - menos mal - ideas que se publicitan y discuten. Con esa propensión a la banalidad, por desgracia inseparable del papel couché y del teatro catódico. Pero bueno: por lo menos se discuten.
Y, sin embargo, lo que atrapa en los poemas de Rebeca no son tanto las ideas sino su forma.
En poesía – vuelvo a Poe - la forma es la idea y esta solo puede existir, adquirir sustancia, seducirnos o retarnos de una determinada manera y no de otras.  La forma, tal como hace Rebeca desde el primer verso, nos mete de lleno en un universo, nos envuelve en una atmósfera. Y es ahí, en esa atmósfera que ellos mismos construyen, donde los poemas de Rebeca alanzan su expresión más alta.
Hasta que, poco a poco al principio, algo más aceleradamente después, "se van rompiendo las aguas de la realidad, su fluir revienta diques" y se produce esa "onda expansiva" que nos arranca de la infancia, de la agobiante atmósfera de la infancia. Como dice Rebeca:
"Al final solo quedan
flores rojas en una tumba
y son el comienzo del camino

Lo que pasa es que, como postula Reimpresión, la tercera y última parte de este libro, de todo ello se adquiere conciencia – si se adquiere – más tarde. En general, demasiado tarde. Y a uno siempre le queda la desagradable sensación de que, por mucho que el cuervo de Poe repita "Nunca más, nunca más" posado sobre el busto de Atenea, esa conciencia nunca es completa. Que siempre hay algo más.
Porque, para empezar, señala Rebeca "¿Qué hacer de la ira / cuando se ignora la ubicación de la cenizas?"
Y, en segundo lugar, porque pese al tiempo transcurrido, y al dolor, y al esfuerzo, a menudo "el alien que te habita  / une la infancia con la punta de tus pies" (por cierto, magnífico El vodka y la misandria, poema donde está este verso)
O, lo que es lo mismo, que Las secuelas del incesto anidan en el subconsciente durante los meses de calor tal como titula el último, y en mi opinión, uno de los más logrados poemas del libro, ese que concluye, déjenme que lo repita:
"Si no tuviéramos cuerpo, si la estivación
del cocodrilo no supusiera una amenaza.
SI las manos
no  fueran un atajo hacia la luz.
Si fuésemos sombras. Si solo almas. Si Platón"

Pero no los somos. O no solamente. Y, desde luego, Platón es mejor que Prozac. Y que vodka. Y que cualquier crucifixión más o menos ebria sobre cualquier catre. Pero la terapia última - Freud dixit – se resume en dos compromisos: Amor y Trabajo.
Así de difícil.
Así de simple.
A lo que yo añadiría un tercero: la Poesía.
Como género literario, la Poesía probablemente sea el que peor se explica y el que menos lo necesita. A quienes leemos y escuchamos poesía, nos importa poco qué fue lo que el poeta quiso decir, o si quiso decir algo. Para nosotros, el poema es aquello que lo leído u oído desencadena en nuestro interior. Lo que cada uno de nosotros siente y vive, y se descubre con ganas de sentir y de vivir, gracias a él. Lo cual, por cierto, suele variar cada vez que lo leemos o lo escuchamos.
Yo me he permitido compartir hoy con ustedes algunas de las cosas que la lectura de este primer libro de Rebeca me ha evocado.  En el Prólogo que le ha escrito, Julieta Valero, propone otra evocación, otra lectura.
Eso tiene la buena poesía: que resulta inagotable porque permite y propone interpretaciones múltiples.
Este libro las permite porque es bueno. En realidad, es muy bueno. ¿Y saben por qué lo sé? Porque leyéndolo he sentido envidia. Ya me hubiera gustado haber publicado a la edad de Rebeca un primer libro como éste. Violento y tierno. Hermoso y terrible. Comprometido, como debe ser, en el más íntimo y profundo sentido de la palabra.
Se lo recomiendo de veras.
Muchas gracias Rebeca por haberlo escrito y por atreverte a publicarlo.
Y muchas gracias a Amargord, es decir, a Chema de la Quintana, por lanzar una colección como Candela y por haberlo editado.

Alberto Infante
Marzo 2011