lunes, 23 de mayo de 2011

Colección de momentos

En realidad esto es un ejercicio que hice en 2008 en las clases de Eloy Tizón,
lo cuelgo hoy porque me he acordado del último párrafo
(y porque no funciona el enlace de Metamorfosis)

Mientras escribo importan los ruidos que escucho desde mi diminuto estudio. Escucho las discusiones de una madre con su hijo, llenas de insultos y desprecio; y en cambio es posible que piensen que se quieren. Incluso es posible que se quieran. Y oigo a la vecina de enfrente subir, despacio, con el perro que unos inquilinos dejaron abandonado hace unos años. Oigo toser al vecino de al lado, y me pregunto si él me oirá llorar cuando veo en el telediario una noticia sobre un niño asesinado; o cuando me acuerdo del nombre de Juan; o cuando me duele el alfiler del esternón, al pensar en un suelo helado que siempre resbala.    
     Puedo reconstruir mi infancia con un bolígrafo sobre un mapa de España, nunca lo he hecho pero sería interesante ver cómo todo queda reducido a una línea. Podría dibujarla en papel cebolla y decir: esta es la historia de mi vida. Los recuerdos más antiguos son una colección de imágenes sin apenas movimiento en las que una mesa se ve en contrapicado. Mi padre era entonces alto como un castillo y me llevaba de la mano por las calles de Barcelona. Íbamos a la playa en el tren de cercanías y construíamos fortalezas en la arena, con muros, torres y empalizadas y luego, cuando un maremoto destruía nuestra obra, me llevaba nadando, agarrada a su cuello, hasta el centro del mar, donde las olas eran inmensas montañas. Pero lo más importante fue cuando me regalaron a Menta, un teckel de pelo largo color fuego, a la que bauticé con el nombre de mis chicles preferidos. Y cuando me dijeron que iba a tener un hermano. Recuerdo que para mí, entonces, no había mucha diferencia entre que me regalaran un perro y tener un hermano, las dos eran buenas noticias y las celebraba preparando bizcochos. Y recuerdo el olor de la tarde al caer, cerca del verano.
     Luego, en Vigo, importó la lluvia, ir a pescar al muelle, las vistas al Atlántico desde la casa de Baiona. El sonido del faro los días de niebla, avisando a los barcos de las rocas del fondo; es un sonido que se echa de menos tan lejos de la costa.
    Después, en Segovia, ya no importaba gran cosa. Las vistas como pintadas al óleo desde el Alcázar, con esa luz naranja al atardecer; Menta esperándome en el balcón, ladrando al verme volver; la nieve, la odiosa nieve y el suelo helado, ir al colegio con mi hermano apoyándonos en los coches para no resbalar; las novelas de Gerald Durrell y mi colección de insectos, clavados con un alfiler sobre su nombre. Entonces el momento más importantes era, siempre, el de abrir el buzón y encontrar cartas  escritas  por amigos cuyo rostro y acento se me desdibujaban.  
     Luego estuvo ese viaje, los castillos de Sintra; las casitas blancas rodeadas de naranjos del Algarve, con el mar azul turquesa al fondo; el faro, no recuerdo junto a qué ciudad. Estábamos en Lisboa, tendría unos once años, la tarde en que mi madre abrió el maletero y Menta seguía durmiendo.  Oí una voz, muy lejos, a mi lado: está muerta. Y yo la seguía mirando, sin entender porqué no venía a lamerme la cara moviendo la cola. Entonces ya no importaron ni los castillos, ni los naranjos, ni el océano. Invadida por la sensación de que las montañas no eran lugares sólidos, de que la vida era una broma macabra, que me quitaba el suelo bajo los pies en cuanto me asentaba en un sitio. Y la sensación de que siempre, siempre, había rocas en el fondo. Un hombre alto como una montaña me llevaba de la mano por las calles, antes de que una ola se le viniese encima y él se derrumbase como nuestros castillos. Entonces naufragué, y ya sólo importó el alfiler clavado a mi esternón. El alfiler que, aún hoy, me clava al minúsculo espacio que habito y me rodea de palabras.
     Ahora importa el túnel de Sábato y su oscuridad, y la imposibilidad de ver un perro muerto en el telediario sin llorar. Ahora importa que en lugar de un túnel paralelo nos separa un océano, y que todo empezó con la frase más tonta, en un momento que entonces no tuvo importancia “y vos, ¿cómo te llamás?”, preguntó Juan, y en ese acento ya estaba la posibilidad del Atlántico, la posibilidad de llorar todas las despedidas de mi vida en el aeropuerto. Ahora todo es un crucigrama de mails, cartas y llamadas, en el que se deduce todo lo que fue, y todo lo que no pudo ser. Y todo lo que ya no será. Ahora quedaremos reducidos a un nombre, que haga que la vida se nos caiga encima, al ser escuchado al azar en medio de una frase. Ahora que sube la marea, demoliendo nuestros castillos. Las minúsculas ilusiones de los hombres, con tanto esmero construidas al borde de la nada.
     Ahora sólo importa divagar sobre hojas en blanco, trazando círculos concéntricos cada vez más estrechos sobre una palabra que siempre se me escapa. Conversaciones triviales que siempre naufragan, en las que se perciben ríos subterráneos, y el sonido del faro, muy cerca, diciendo “está muerta”. Y bucear, sin branquias, en el espacio líquido  de mi maletero, sin poder huir del cordón umbilical que me rodea el cuello; rodeada de anzuelos que se clavan a mis ojos, y me enredan a la ausencia de un nombre.
     Importó la cópula de la mantis religiosa, cuando nos observábamos como dos depredadores, agazapados en la penumbra de mi cama. Nunca supimos quién cazaba a quién. Y todo esto ya estaba en la primera mirada. Nuestras almas que gravitaban sin rozarse, girando en torno a una linterna. A ratos se abalanzaban como insectos sobre la luz que las cegaba, quemándose, siempre el otro aguardaba con los músculos en tensión.
    Y luego el océano, latente ya en la primera frase. No supimos escuchar las olas entonces, dimos tan poca importancia a las rocas del fondo. Ahora importa que todo este dolor viene de no haber encontrado una palabra.
      Y hubo un tiempo en que la nieve lo cubría todo y nada importaba, porque todo estaba perdido. A veces es más  fácil rendirse y esperar. Esperar que alguien abra la puerta de este maletero y diga “está muerta”, sin haberme atrevido a construir un solo castillo que no se derrumbe.

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