jueves, 20 de octubre de 2011

De Elizabeth Bishop

EL ICEBERG IMAGINARIO

Preferíamos el iceberg al barco,
aunque significase el fin del viaje.
Aunque estuviese en calma como nublada roca
y todo el mar fuese mármol en movimiento,
preferíamos el iceberg al barco:
preferíamos tener esta llanura de nieve que respira
aunque estuviesen tendidas sobre el mar las velas
como, sin disolverse, la nieve sobre el agua.
Oh solemne campo flotante,
¿eres consciente de que un iceberg reposa
contigo, y que podría en tus nieves pastar cuando despierte?

Esta es una escena por la cual un marinero daría sus ojos.
Se ignora el barco. El iceberg asciende
y se hunde de nuevo: sus cristalinos pináculos
corrigen las elipses en el cielo.
Esta es una escena en donde el que pisa las tablas
es retórico por naturaleza. El telón
es lo bastante ligero para subir con las más finas cuerdas,
que provocan airosos remolinos de nieve.

En estos blancos picos el talento
compite con el sol: el iceberg desafía su peso
en un cambiante escenario, y permanece mirando fijamente.

Este iceberg talla sus caras desde dentro.
Como las joyas de una tumba,
perpetuamente se salva a sí mismo
y sólo a sí mismo se adorna,
quizá a las nieves, que así nos sorprenden flotando en el mar.
Adiós, decimos, adiós, el barco pone rumbo a mar abierto,
donde las olas se entregan a otras olas
y las nubes corren por un cielo más cálido.
Los icebergs invitan al alma
(ambos haciéndose a sí mismos con los elementos menos visibles)
a verlos así: corpóreos, hermosos, erguidos indivisibles.

Elizabeth Bishop
Obra poética
Ediciones Igitur, 2008
Traducción de D. Sam Abrams y Joan Margarit