jueves, 2 de enero de 2014

De Luisa Castro

QUIERO CONTAROS LA HISTORIA DEL EUNUCO
MI PADRE SE MORÍA

   Quiero contaros la historia del Eunuco.
   Mi padre se moría como con ganas y dormíamos con la luz calva del anochecer haciendo eses, dibujitos cortos para ser buena. Dormíamos apretadas a la ola como con miedo y poca tela y mi padre que no sabía nada se moría como con pena de albañil transoceánico.
   Quiero contaros la historia del Eunuco, que es triste. El eunuco que es triste normalmente habita en los bosques de hoja caducifolia; el otro, el que no es triste y se lo pasa bien, abunda y es fibroso y hace su nido en la copa del invierno.
   Yo tenía un aspecto augusto de algo amargo, yo tenía unos zapatos con fervor y tenía un agujero en la oreja y tenía un paraguas color hierro que les gustaba mucho a los vecinos.
   Yo tenía muy grandes las manos y de lejos olíamos a patata.
   La historia del Eunuco es para que veas: Había todas las tallas a elegir para probarse; era un tiempo preñado de eunucos y despertadores. Era un trasiego incesante de botellas vacías y divinas inmolaciones diarias, máculas en mi nombre desprovisto de linternas, máculas ne la frente de los chóferes que traían impecables visitantes, máculas en el calendario empeñado de la memoria; era un tiempo respetable de eunucos sin florituras, camisa blanca y poder, deber y claudicación.
   Yo, que descifraba las agujas del reloj con mi sudor, conocí las piernas del eunuco desde lejos, pantalones a rayas con un cadáver dentro y un falo de plástico en la mano por amor al honor y devoción al cielo que nos mira.
   Había también los Grandes eunucos con el falo de plástico mejor, con color y un poco más erguido, pero mi voz no alcanzaba sus tímpanos aún y ya sabía sus casas de telón y comadreja con perros a la puerta y detrás oficios raros.
   En la mano la cartera con magia y cuchillos de repuesto y un falo de domingo por si alguna emergencia para no improvisar.
   Pero allí mi soledad como una lona azotada. Pero allí mi piel que habría de venderse por un diente de elefante. Allí el miedo, el terror de los conejos ignorantes que caminan horas y horas con los ojos abiertos sin esperara a nadie que llegue con una estampa.
   El Gran Eunuco bombea el mundo pero no conoce mis manos en el barro.
   El Gran Eunuco duerme tranquilo y no piensa en mi corazón que bajo tierra sabe todos los nombres del odio.
   El Gran Eunuco bebe en las fiestas del verano con su prole de palo alrededor
sonriendo
y no me ve entre la gente que frecuenta las piscinas, en los paseos largos que la ciudad pisotea, en los altos teatros que se llenan por la noche de familias.
   Pero allí mi soledad haciendo un sitio para algún mensajero sin cara
   Pero allí mi soledad.
   Vomita las cenas, deshace las camas,
hace tiempo que no sueña nada grato
y presiente el final.

Luisa Castro
Los versos del eunuco
Premio Hiperión de poesía 1986