miércoles, 15 de enero de 2014

De Sylvia Plath

LA LLEGADA DE LA COLMENA

Esto encargué: esta limpia caja de madera
cuadrada como una silla, y casi demasiado pesada para levantarla.
Yo diría que es el ataúd de un enano
o de un bebé cuadrado,
si no hubiera semejante batahola dentro.

La caja está cerrada, es peligrosa.
Tengo que vivir con ella hasta mañana,
y no soy capaz de mantenerme alejada de ella.
No tiene aberturas, luego no puedo ver lo de dentro.
Sólo hay una pequeña parrilla: ninguna salida.

Pego el ojo a la parrilla.
Está oscuro, oscuro, 
y da una enjambrosa sensación de manos africanas,
diminutas y reducidas para la exportación: 
negro sobre negro, trepando airadamente.

¿Cómo dejar que salgan?
Lo que más me espanta es el ruido,
las sílabas ininteligibles.
Es como un populacho romano,
pequeño, aisladamente considerado, pero dios mío, ¡junto!

Presto oídos al latín furioso.
No soy César.
Lo único que pasa es que he encargado una caja de posesos.
Puedo devolverlos,
que se mueran, no tengo porqué alimentarlos: soy su dueña.

Me pregunto si tendrán mucha hambre.
Me pregunto si se olvidarían de mí
si abriese el pestillo, diera un paso atrás y me convirtiera en árbol.
Por ejemplo, en laburno, con sus columnatas rubias
y las enaguas de cereza.

Acaso de ignoraran de inmediato
si me pusiera mi traje de luna y el velo de luto.
No soy fuente de miel,
luego ¿por qué habían de atacarme?
Mañana seré Dios misericordioso: las dejaré en libertad.

La caja es sólo temporal.


De Ariel, editorial Hiperión, traducción de Ramón Buenaventura

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